Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.
Crecí en un hogar católico. Mis padres estuvieron profundamente involucrados en movimientos familiares dentro de la Iglesia, y yo pasé mis años de colegio en un centro del Opus Dei. Practiqué mi fe desde niño. Iba a misa, rezaba, cumplía.
Pero durante la mayor parte de mi vida, viví mi fe como una lista de méritos por acumular. Cada oración, cada sacrificio, cada "portarme bien" era, sin que yo lo supiera del todo, una forma de intentar ganarme algo que ya me había sido dado.
Hoy tengo diez años de casado, dos hijos pequeños y un tercero en camino. Y también tengo, desde siempre, una personalidad perfeccionista, casi obsesivo-compulsiva — la clase de personalidad que encuentra en la religión un terreno fértil para la ansiedad, si no se le acompaña bien.
Hace tres años empecé terapia psicológica. En paralelo, retomé un acompañamiento espiritual serio con sacerdotes que me ayudaron a mirar de frente algo que llevaba escondiendo toda mi vida: no estaba viviendo mi fe desde la paz. Estaba viviendo desde el miedo a no ser suficiente.
Y en medio de ese proceso, un versículo que había leído decenas de veces me golpeó de una forma distinta:
"Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." — Romanos 5:8
Siendo aún pecadores. No después de portarme bien. No cuando por fin lo mereciera. Antes. Sin condición. Sin mérito de mi parte.
Descubrir esto —de verdad, no solo intelectualmente, sino en el cuerpo, en la terapia, en la oración— cambió la forma en que vivo mi fe cada día. Y sospecho que no soy el único católico criado en un ambiente tradicional, exigente, bienintencionado, que ha vivido la fe más desde el mérito que desde la gracia.
Romanos nace para acompañar a quienes están en ese mismo camino: los que practican su fe pero no han encontrado en ella paz ni alegría; y también a quienes, como yo, ya cruzaron esa frontera y quieren seguir sosteniendo esa verdad viva, un recordatorio a la vez.
Pienso en esto como una versión moderna de lo que Santa Catalina de Siena hizo con sus cartas: acompañar, a distancia, con palabras escritas, a personas reales, en su camino hacia Dios.
Cada postal que escribo a mano es un intento de decirte lo mismo que a mí me costó tanto creer:
No tienes que merecerlo. Ya eres amado.